martes, 18 de febrero de 2014

Breve historia de la transmisión de los textos literarios griegos

La transmisión de los textos antiguos que han llegado hasta nosotros ha pasado por innumerables avatares. En primer lugar, prácticamente no contamos con “originales” literarios de autores griegos anteriores al siglo VII d.C., con excepción de la obra del filósofo Filodemo, contemporáneo de Cicerón (s. I a.C.), que apareció en Herculano, una de las ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio del año 79. Un caso excepcional es el papiro de Timoteo (450-360 a.C.), menos de un siglo posterior a su autor. Por otro lado, hasta el siglo XV la difusión de los textos se hizo mediante copias escritas a mano, de modo que ese enorme lapso de tiempo que se extiende entre la época en que la obra fue escrita y la invención de la imprenta (1453) ha provocado la introducción en el texto de multitud de errores, ya que toda copia implica faltas. Es tarea de la crítica textual intentar subsanar tales errores y ofrecer un texto lo más cercano posible al original. Pero la pretensión de reconstruir las palabras exactas de un autor es algo indudablemente utópico, y lo máximo a lo que podemos aspirar es a la reconstrucción de los llamados “arquetipos” (es decir, las ediciones más o menos oficiales de los autores clásicos que proceden en última instancia de los filólogos alejandrinos). Muy a menudo sólo es factible la reconstrucción más o menos fiable de los llamados “prototipos” (cabezas de serie de nuestros códices medievales).